El diputado local Ernesto Prieto Gallardo intervino para frenar un exhorto legislativo que buscaba impulsar mejoras en el transporte público del municipio de Salamanca, iniciativa promovida por la diputada Hades Aguilar Castillo y dirigida al gobierno municipal encabezado por César Prieto Gallardo, hermano del legislador.
De acuerdo con información difundida recientemente, la actuación del diputado no se centró en un debate técnico sobre la viabilidad de la propuesta, sino en un llamado a cerrar filas para impedir su avance, acompañado de descalificaciones personales. Analistas políticos advierten que cuando un representante popular sustituye la argumentación por la confrontación, se debilita el principio de deliberación democrática que debe regir la función legislativa.
La controversia adquiere mayor relevancia por el vínculo familiar entre el legislador y el alcalde al que iba dirigido el exhorto. Este elemento ha generado cuestionamientos públicos sobre si la intervención respondió a una postura institucional o a la defensa de intereses cercanos, un escenario que especialistas en gobernanza consideran riesgoso para la percepción de imparcialidad en el ejercicio del poder.
El episodio se suma a hechos previos. En agosto pasado se difundieron audios relacionados con la comunidad de Sotelo, en los que Ernesto Prieto solicitaba a la población no respaldar a la misma diputada. Especialistas en derecho electoral señalaron entonces que dichas expresiones podrían constituir violencia política en razón de género, figura prevista en la legislación mexicana para proteger la participación de las mujeres en la vida pública.
Asimismo, en 2018 el legislador fue sancionado por el Tribunal Estatal Electoral de Guanajuato dentro del expediente TEEG-PES-20/2018, resolución en la que se calificaron como graves diversas conductas, antecedente que vuelve a colocarse en la discusión pública tras los hechos recientes.
Cuando episodios de esta naturaleza se repiten, dejan de percibirse como hechos aislados y comienzan a interpretarse como una forma de operación política. Al interior de Morena existen señales de incomodidad por el desgaste que estas controversias generan en la credibilidad institucional y en el discurso de transformación que impulsa el partido.
Para la ciudadanía, el efecto también resulta significativo. Limitar propuestas mediante presión política o descalificación personal envía una señal preocupante para el debate democrático y alimenta la percepción de que cuestionar decisiones desde el poder puede tener costos.
En un contexto donde la confianza pública es cada vez más frágil, la credibilidad se convierte en uno de los activos más difíciles de recuperar. Y cuando se erosiona, ningún mensaje político basta por sí solo para restituirla.


































