Antes de que existieran avenidas, antes de que Salamanca tuviera un centro definido, antes incluso de que su nombre apareciera en documentos oficiales, ya había vida.
En el siglo XVI, a la orilla del río Lerma, se formó un asentamiento otomí conocido como Xidoo, sitio que no fue elegido al azar, pues el río era alimento, era camino, era frontera y refugio. Ahí se sembraba, ahí se bebía, ahí se cruzaba. En ese punto estratégico, mucho antes de la fundación de la Villa de Salamanca, comenzó a tejerse la historia urbana del lugar que hoy conocemos como ciudad.
Ese asentamiento es lo que hoy llamamos San Juan de la Presa, y su importancia es absoluta, ya que fue la primera colonia de Salamanca, aunque en ese tiempo nadie usara esa palabra. No nació por decreto ni por trazo español; nació por necesidad, por permanencia y comunidad.
Los primeros habitantes se movían a pie. Caminar no era una elección, pues era la única forma de existir. Cada traslado implicaba cargar leña, grano, agua. Los senderos se marcaban con el uso diario, con huellas repetidas hasta volverse camino. Así se conectaba el asentamiento con el río, con las tierras de cultivo, con otros pequeños núcleos humanos del Bajío.
Hacia 1550, la llegada de los frailes cambió el rumbo del lugar. Se levantó una capilla dedicada a San Juan Bautista, y con ella comenzó el proceso de evangelización. El asentamiento indígena empezó a transformarse en un punto reconocido por la autoridad colonial y no se fundó de nuevo, sino que se adaptó. Se mezclaron tradiciones, lenguas y formas de vida, pero San Juan de la Presa permaneció.
Cuando en 1603 se fundó oficialmente la Villa de Salamanca, San Juan de la Presa no apareció como novedad. Ya existía y fue absorbida como barrio, integrada al nuevo orden urbano, pero su historia era más antigua que la propia ciudad. Desde ahí se extendieron los caminos que darían origen a otros barrios tempranos como Nativitas y San Pedro.
En esos años, los traslados seguían siendo lentos. La mayoría caminaba largas distancias para llegar al centro de la villa, al mercado, al templo. Con el tiempo comenzaron a aparecer mulas y burros, utilizados para transportar carga como: maíz, herramientas y madera. El caballo era símbolo de poder, reservado para autoridades y personas con recursos.
Durante el siglo XVII y XVIII, mientras Salamanca crecía, San Juan de la Presa se convirtió en un punto clave de conexión. Desde ahí se accedía al río, a los caminos reales y a las rutas que comunicaban con Celaya, Irapuato y otros pueblos del Bajío. Más tarde llegaron las carretas de madera, pesadas y lentas, arrastradas por bueyes. Cada crujido de sus ruedas anunciaba comercio, expansión y cambio.
Aun así, la esencia no se perdió. San Juan de la Presa siguió siendo un barrio de tránsito humano, de vida cotidiana, de recorridos hechos con el cuerpo. No era el centro político ni religioso, pero sí el origen. El lugar donde Salamanca aprendió a moverse.
Hoy, al recorrer sus calles, cuesta imaginar que todo empezó ahí. Que antes de los mapas, de los límites y de las colonias modernas, ese fue el primer punto fijo. El primer lugar donde la gente decidió quedarse, construir, caminar una y otra vez el mismo trayecto hasta volverlo hogar.
Y así, mientras Salamanca crecía, se ordenaba y se nombraba, San Juan de la Presa ya había vivido décadas de historia. Cuando en 1603 se firmó el acta que dio origen oficial a la Villa de Salamanca, este lugar no fue un punto recién trazado en el papel, sino fue el antecedente vivo, el testigo silencioso de que la ciudad ya latía antes de ser reconocida.
El 1 de enero de 2026, Salamanca cumplió 423 años de su fundación.
Cuatro siglos y más de caminos abiertos, de barrios que nacieron, de pasos que se multiplicaron hasta convertirse en calles, avenidas y colonias.
Pero todo comenzó ahí, donde el río marcó el rumbo y donde la gente decidió quedarse.
Celebrar a Salamanca es también mirar hacia su origen. Reconocer que antes de la villa, antes de la ciudad, antes del aniversario, hubo un lugar que sostuvo la historia desde el inicio. Un sitio donde caminar fue la primera forma de pertenecer.






























