Palabras MÁS…PALABRAS Menos

Por Iván Juárez Popoca Guerrero.

ME PUEDE DAR UN INFARTO EN CUALQUIER MOMENTO (hace una semana le pasó a un conocido que tan sólo tenía 40 años,) puedo rodar por las escaleras mientras subo esta caja, me puede atropellar un carro, etc. Gracias a Dios estoy muy consciente de ello –al menos por breves lapsos de conciencia- y por eso me asombra como la mayoría perdemos el tiempo con un egoísmo absurdo, avaricia, vanidad, rencor, preocupaciones… en lugar de reir y realizar cosas relacionadas con el amor…

Muchos dicen que eso ya se sabe, que no tiene caso estar recordando a la muerte, a la “niña blanca” como algunos le dicen, les parece de mal gusto hablar de ella.

Un joven monje le preguntó a un sabio oriental que en que consistía su sabiduría y él contestó: “mi sabiduría consiste en que sé que hoy puede ser el último día de mi vida”. El discipulo repeló diciendo “ Eso todo el mundo lo sabe”. Sin embargo, el maestro apuntó: “no…la mayoría solamente lo piensa, yo lo siento…eso hace la diferencia.”

Analizando nuestras vidas podemos darnos cuenta de que perdemos mucho tiempo en cosas sin trascendencia, no hacemos otras por miedo y posponemos muchas satisfacciones como sí tuviéramos el futuro asegurado. Los seres humanos nos la pasamos preocupados por futilidades y no procuramos entrar en contacto con lo esencial. Y es que –como dijo el maravilloso “Principito” de Saint-Exupery- “Lo esencial es invisible para los ojos, sólo con el corazón se puede ver bien.”

Sin embargo, sí le dices esto a muchos trabajadores que viven en la angustia del porvenir económico y que luchan denodadamente por tener más cosas, no te entenderán. Sí tratas de transmitirle a la idea a un potentado de esos que no tienen llenadera y que, ya ancianos, trabajan de las 7 A.m hasta la media noche, te tildará de orate, tonto e indolente. Este tipo de personas viven en una inmortalidad imaginaria, atrapados en una camisa de fuerza invisible que los lleva a perseguir el lucro como el principal objetivo de su existencia. Ya están en el lecho de muerte y preguntan “¡cómo va el negocio!.”

Y así nos vamos perdiendo de la magia, de experimentar las emociones más bellas y positivas. Así nos dejamos llevar por la rutina, por el ego y la soberbia. Así nos morimos antes de estar muertos.

Si todos estuviéramos realmente conscientes de lo pasajero de nuestro paso…el mundo sería pacífico, solidario, feliz, más hermoso.

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