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#EternaJornada LA MUJER TRABAJADORA Y LA DISCRIMINACIÓN SALARIAL Y LABORAL.

  Por: Oscar Alzaga* Porque multiplicas el pan y la miga, comparto el milagro, soy tu amigo, amiga.   Alberto Cortez   Para ubicar un tema tan amplio y...

 

Por: Oscar Alzaga*

Porque multiplicas el pan y la miga, comparto el milagro, soy tu amigo, amiga.

 

Alberto Cortez

 

Para ubicar un tema tan amplio y complejo como éste, de poco más de la mitad de la población del país, es imprescindible partir del marco histórico, socioeconómico y cultural: “Al iniciar el siglo XX la mujer en México casi no contaba con derecho alguno como ciudadana, sobre ella pesaba una tradición discriminatoria de 4 siglos y una dictadura de 36 años, que hacían nula su participación social, política, económica y aun existencial”. Deliberadamente se negaba valor alguno a las labores de la mujer: domésticas, limpieza, cuidado familiar, crianza y la trasmisión de usos, costumbres y cultura popular, por aquella sociedad colonial y la conservadora de los siglos XIX y XX.

Si bien es cierto que la incorporación de la mujer al trabajo asalariado fue hasta el siglo XX y lentamente, eso no quiere decir que su aporte a la economía y sociedad no haya sido decisivo durante esos 4 siglos; ella contribuía en el trabajo doméstico sin el cual el trabajo de los hombres del campo, minas, ingenios, comercio, servicios, industrias, etc., sería imposible sin su apoyo. Incluso en muchas ocasiones ellas también trabajaban en el campo, ayudando a su pareja, padres o hijos. Pero esas labores eran “invisibles” y no valoradas por las sociedades, además, patriarcales.

Peor aún, en las encomiendas y haciendas no se respetaban las Leyes de Indias de la colonia y el dueño en el siglo XIX no sólo poseía la tierra y sus productos, también era “dueño” de personas, como lo muestra Pedro Páramo, de Juan Rulfo, o la película El Peñón de las ánimas, de Miguel Zacarías, y la frase de Arreola en La Feria: “Antes la tierra era de los naturales ahora de la gente de razón”. La estructura colonial tenía como una de sus bases principales la discriminación racial, social y económica: bastaba que un hijo de españoles peninsulares naciera en la Nueva España para que no fuera español sino criollo, de un nivel inferior de derechos; peor era para los mestizos, indígenas y negros. Pero peor era para la mujer, por la cultura patriarcal, que incluía el derecho de pernada. Igual en América y en todo el mundo donde Europa impuso con violencia el colonialismo y lo acompañó de racismo, supremacismo y eurocentrismo:

“No eran colonizadores; su administración equivalía a una pura opresión y nada más, imagino. Eran conquistadores, y eso lo único que requiere es fuerza bruta, nada de lo que pueda uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad nacida de la debilidad de los otros” (Joseph Conrad – El corazón de las tinieblas. 1902).

 

La cultura colonial, la conservadora del siglo XIX y la dictatorial en México no valoró el papel laboral doméstico y de todo tipo de la mujer; “invisibilizó” su valor para la sociedad y la economía. Bien lo entendió Sor Juana Inés de la Cruz en un bello e inteligente poema: Mas ¿por qué gasto razones/ en contar mi pena, y dejo/ de decir lo que es preciso, / por decir lo que estás viendo?

Ello se acentuó en las sociedades capitalistas e imperialistas del siglo XX y el XXI. En Estados Unidos (EU) el Departamento de Trabajo clasifica el trabajo de modo racial: anglosajón, latino, afroamericano y asiático, de hombres y mujeres; en los 4, ellos tienen mayores salarios promedio que ellas, y las “anglo” tienen mayor brecha salarial: “de que la perra es brava hasta los de casa muerde”. En EU los y las sindicalizadas perciben mayor salario que los y las no afiliadas, pero la sindicalización de trabajadores en EU es del 12%, del total de ellos.

En México, las mujeres de la población ocupada fueron muchas menos que los hombres, aunque esa brecha se reduzca con el tiempo, veamos: para 1970 ellos eran el 80% y ellas el 20%; para 1995, ellos eran el 68% y ellas el 32% y para 2005: ellos eran el 60% y ellas el 40%. La sindicalización de ellas es menor que la de ellos y casi nula es en las direcciones sindicales. La brecha salarial promedio en 2020, según el IMSS, es de 14.6% menos para ellas que para ellos, en el empleo formal. Se desconoce la brecha en la economía informal.

Esa brecha salarial de género es mayor en los estados del norte y el sur que en el centro del país, del mismo modo que esa diferencia es menor en las grandes empresas que en las menores, según el IMSS. Todo ello pese a que la mujer en el país tiene mayor nivel educativo que los hombres, ellos tienen promedio educativo de 9 años, ellas casi de 12.

En México los derechos humanos tomaron rango constitucional hasta 2011, por la presión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y así la discriminación se prohíbe en el artículo 1 de la Ley Suprema.

En ese marco resulta muy alentadora la reforma laboral que impulsa el Senado de la República, con la iniciativa de Napoleón Gómez Urrutia, presidente de la Comisión de Trabajo, para igualar salarios de hombres y mujeres, a trabajo igual salario igual, y aumentar dos semanas más el descanso por maternidad. Lo que sin duda reclama el apoyo y participación de las mujeres trabajadoras del país, pero también de toda la sociedad porque la justicia y los derechos humanos son del interés de quienes aspiran a la democracia e igualdad nacional e internacional.

En el Sindicato Minero, después de 84 años de vida, por primera vez, en la Convención de 2020, se eligió a una mujer en el Comité Ejecutivo, lo mismo promueve la Confederación Internacional de Trabajadores.

Hoy cobra mayor importancia la revista dedicada a “Las Luchas de la Mujer Trabajadora” en el siglo XX, que es de los pocos esfuerzos que tratan el tema, con 138 notas de luchas de 69 autores, que será reditada al cumplir 25 años de su aparición.

*Abogado, miembro de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos y la Asociación Latinoamericana de Abogados Laboralistas.

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